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"Una botella de Ron y mucho cabrón"


Dana caminó calle abajo hablando consigo misma, en un principio tenía pensado ir directa a casa de Teresa pero en el último momento, decidió detenerse en el primer Pub que vio para tomar una copa, necesitaba relajar la mala hostia.

Sin importarle que el lugar estuviera abarrotado de hombres, al cual más perverso, pasó y fue directa a la barra. Pidió una botella de Ron, pensaba trincársela entera. Dana estaba como  un perro rabioso, lo mejor era no acercarse y molestar. Algunos hombres intentaron entablar conversación, pero la rubia los miraba con su cara de gitana canastera alertando al personal de que en ese momento era muy peligrosa. Los hombres se daban la vuelta al verla. Sin dar tiempo a que el cuerpo se adaptara al alcohol, fue tomando vaso tras vaso hasta llegar casi al culo de la botella. Iba muy perjudicada pero alerta, todavía no había sido creada la bebida que la pudiera tumbar.

Alguien se acercó y la cogió del brazo. Dana lo miró con las mejillas coloradas por el fuego del alcohol y empezó a reír como una loca cuando vio a Luis, la mano derecha de Hernán.

―¿Dónde está Hernán?―preguntó el mafioso sin dar crédito de que su jefe, dejara beber de aquella manera a su mujer.

―El cabrón de tu jefe se está follando a una puta en mi propia casa con mi hija durmiendo en la habitación de al lado, es un puto canalla de mierda―dijo muerta de risa.

―¿Qué?―no creyó ni una palabra, conocía a Hernán y ponía la mano en el fuego por su jefe. Sabía que quería con locura aquella mujer tan rara.

Sin perderla de vista, pues no se fiaba ni un pelo de aquella loca, llamó a su jefe para ponerle al día del espectáculo tan bochornoso que estaba dando su mujer.

Dana ajena al huracán que estaba a punto de formarse en el bar siguió bebiendo sin descanso. Un tipo se sentó a su lado sin molestarla, pidió una copa de whisky con hielo.

―A su salud señorita―miró a Dana y bebió.

Ésta, con la risa tonta, brindó con él y bebió. En ese momento, la puerta del pub se abrió de un portazo llamando la atención de todos los allí presentes, era el canalla de Hernán Salazar. Dana se giró ante tanto silencio y descubrió a la fiera de su marido en la puerta, había venido para montarle un pollo. Harta de sus tonterías y de que la tratase como a una cualquiera, iba a darle motivos para que pudiese llamar así.

Se retaron con la mirada, Hernán negó con la cabeza para advertirle de que no hiciera ninguna idiotez. Dana sonrió con malicia, se iba a enterar como las gastaba la gitanilla de cabellos dorados. Giró la cara con soberbia, agarró de la camisa al tipo que tenía justo al lado y le metió la lengua hasta la garganta. A Hernán se le hinchó los cojones y la vena de la frente.

―¡¡Dana!!

Se separó del tipo con una sonrisa, se levantó del taburete y fue a por otro, se sentó a horcajadas encima de un hombre, entrelazó los brazos en su cuello y lo besó. Hernán estalló como una bestia del infierno. Fue derecho a por la descarada de su mujer, la cogió del brazo dejándole una marca y tiró de ella con fuerza. Él tipo intentó arrebatársela.

―Si no sabes darle lo que necesita en la cama mejor quédate a un lado―soltó el individuo.

―¡¡ES MI MUJER!!―gritó y le dio un fuerte cabezazo en la frente.

Luis y sus hombres tuvieron que intervenir para proteger a su jefe cuando casi todos los tipos del local, se levantaron buscando camorra. La culpa de aquella disputa la loca de Dana. Ella intentó soltarse, Hernán harto de sus estupideces se quitó el cinturón e inmovilizó sus brazos al cuerpo, la cogió como un saco de patatas y la sacó de allí despotricando improperios en italiano.

―¡¡Suéltame!!―gritaba la rubia una vez en la calle―¡¡maldito cabrón folla putas!!

―¡¡Te has pasado tres pueblos!!―Hernán le dio un fuerte azote en el trasero. "zas".

―¡¡Auuu!!, vuelve a tocarme y te juro...

―¡¡Cállate!!, debí atarte en corto hace mucho tiempo, has colmado el vaso, Dana Montoya.

―¡¿De qué coño estás hablando?!

―Ya lo verás.

Sin quitarle el cinturón del pantalón, que inmovilizaba sus brazos, la tiró en la parte de atrás, del Mustang negro, de mala manera. Subió al coche y puso rumbo a casa como si le persiguiesen los siete jinetes del apocalipsis.

Al llegar, volvió a cogerla como un saco de patatas. La llevó al dormitorio de matrimonio. Le quitó la correa y ató sus muñecas al poste de la cama, le bajó los pantalones y después las bragas hasta los muslos. A Dana le entró el pánico, habían jugado con un poco de dolor consentido pero nunca lo que estaba a punto de suceder.

Hernán tensó el cinturón de cuero para que lo viese bien, estaba muy enfadado, mucho. Dana tragó saliva y, a la misma vez sin saber muy bien por qué, se humedeció, le excitaba aquella escena. Le fascinaba ver a Hernán tan dominante. No podía negar que estaba aterrorizada, pues su maridito tenía un cabreo descomunal.

―Hernán... suelta la correa y hablemos como personas adultas―intentó aplacarlo.

―No cielo, ahora verás lo que pasa por cabrear hasta la punta de la polla al mafioso.

―Espera, espera...―se escuchó el primer "zas"―¡¡Ahhh!!

Le dio con fuerza. Un escalofrío parecido al voltaje recorrió el cuerpo de la rubia, casi se quedó sin respiración. Nunca había sido tan brusco con ella, una lágrima bajó por su mejilla.

―¡¡No vuelvas a pegarme!!―gritó con un puchero.

―No, debería darte más fuerte por puta. ¡¡Has besado a otra boca!!, ¡¡¿por qué lo has hecho?!!

―¡¡¿Y tú?!!, te has follado a una guarra.

"zas", "zas", "zas", le dio tres veces seguidas sin descanso enrojeciendo el trasero.

―No te he sido infiel, ¡¡maldita sea!!

―Gilipollas, mamón, cabrón, ¡¡Canalla!!, ¡no vuelvas a pegarme!.

―¡¡Una mierda!!

Hernán volvió a la carga, necesitaba castigarla. Le dio cinco veces más, cuando vio que casi le faltaban las fuerzas paró. Excitado, estaba duro como una piedra de ver a su mujer bajo su dominio. Soltó la correa tirándola al suelo, se desabrochó los pantalones y se colocó detrás de la rubia. Acercó el glande a la entrada de su sexo y se hundió con fuerza. Notar el pene de su marido en su interior, la hizo reaccionar con un tremendo gemido. Hernán la agarró por la cintura besando su cuello y la folló con posesión. Quería marcarla.

―Eres mía, mi puta, mi zorra, mi loca, mi descarada y mi princesa. Nadie más tiene derecho a besarte, la próxima vez lo mataré y tú serás el verdugo, la única culpable.

Dana escuchó cada silaba que salía de su boca, era consciente que estaba hablando muy en serio. Disfrutó de las embestidas de su marido, le dolía el culo pero la polla de Hernán era la mejor medicina para su dolor. Estaba muy cerca, el orgasmo empezó a formarse en su vientre.

Entonces sucedió algo que cabreó mucho a la rubia. Hernán sacó el miembro de su interior cortándole el orgasmo. Delante de sus narices se masturbó y derramó la semilla en la mano. Se acercó a su gitana y le restregó todo el semen por la cara, ahora estaba marcada como un animal.

―Hoy es lo único que te mereces, por zorra.

Dana se encendió de furia y a la vez de excitación, le encantaba ese juego y no iba a rendirse, ganaría el que más presionara al otro, por hoy, su marido había ganado la batalla. Hernán la desató, no le dio tiempo a dar un paso hacia atrás cuando Dana le pegó una bofetada en toda la cara que retumbó en la habitación.

―¡Eres un puto canalla!

Recogió su ropa y salió de la habitación con el culo al aire y lamiendo el semen de su hombre con la lengua. Hernán se tocó la mejilla, su mujer tenía buen derechazo. Sonrió triunfante ante su dominación.

Capítulo del cuarto libro serie Cruce de Miradas, "Canalla".

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